Realismo
LA CENA
Eran las ocho y media de la tarde cuando el timbre sonó en la casa de los
Núñez. La señora de la casa levantó la cabeza y dijo:
-
¡Fragilidad!,
abre la puerta.
El señor Núñez sentado al fondo de la gran sala, se dijo refunfuñando:
-
Los Otero nunca
aprenderán a llegar a su hora.
Luis Otero llegó muy enojado. ¡Sécame la ropa! Le ordenó a Fragilidad. ¡Puaj!
¡Siempre tan lenta!
Todos los invitados estaban sentados alrededor de la vieja y noble mesa. La
luz de los brillantes candelabros recién limpiados para la cena familiar,
resplandecía en los rostros de los invitados. Cuando Luis Otero irrumpe en la
sala todos se quedan quietos menos la señora Núñez que le saluda entusiasmada
dentro de su fría forma de ser.
-
¡Hace un día
de perros!, resuena la grave voz de Otero en la sala. Y vuestro servicio deja
mucho que desear -dice mientras se coloca en la silla vacante.
La señora Núñez, conocida por todos como doña Amalia, manda callar a todos
y da orden de que sirvan la cena. La nieta de los Núñez, Cristina, siempre
conversadora, rompe el silencio:
-
Este mes
estuve en Pedraza, un pueblecito de Segovia. Hacía tiempo que no pasaba
tantísimo frío. Nunca había visto rostros tan pálidos. La gente era muy flaca,
su ropa deshilachada… Vivían en unas chabolas en construcción. Pareciera como
si no hubiese ni un céntimo en todo el pueblo. Lo único que parecía estar vivo
eran los árboles los cuales no contenían ningún tipo de fruto. La verdad, dicho
pueblo, era la representación exactamente de la miseria. ¡No puedo ni imaginar
cómo algunas “familias respetables” tratan así de mal a la gente pobre!
Todos los invitados parecían tener una cierta
empatía por sus palabras. Y los candelabros iluminaban ahora caras de
circunstancia.
-
Bueno,
dejémonos de dramas y pasemos a beber el champán -exclamó la señora Núñez-.
-
¡Un momento,
doña Amalia! ¡Que aún estamos degustando este sabroso cordero!, irrumpió uno de
los invitados.
Esa noche Fragilidad estaba algo nerviosa. No
había pegado ojo debido a su dura situación. En el momento de servir el champán
en la copa del señor Luis Otero, se derramó por toda su impecable y planchada
camisa lo cual desató el enfado en la familia Núñez y un gran descontento en
don Luis.
La señora Amalia, demostrando ante todos su
autoridad, despide a Fragilidad. A la sirvienta le tiemblan las piernas, intenta
explicar su dura situación y la necesidad de dar de comer a su hijo, pero está
paralizada, no es capaz salir de aquel salón tan iluminado. Solo le espera la
oscuridad.
Óscar Asensio Laín
Comentarios
Publicar un comentario